miércoles 9 de marzo de 2011

Hay un casco en mi lápida

He de encontrar en la penumbra los retazos de un día viscoso como el agua de invierno. Sin piernas, porque el camino no es más que sangre para viciosos y disfraces de color blanco, disfraces de neblina para mis oídos aunque la atención esté perdida por culpa de los anfibios y su sistema inmunológico. Tampoco intentaría buscar bajo las mesas algún tiempo hijo del otro tiempo, ni siquiera botones de azúcar; para eso está la sal, para los gusanos: Los animales son animales aunque su segundo nombre ocupe mil planetas; así es como se rompen las piernas, con el cerrojo más grande del cielo y sus secuaces. Ah, y todas las uñas sin dueño, esas sí, que se consuman el camino, pues animales no son y menos con la tierra alimentando. Eso mismo, nutrientes y las venas dejarán de ser para disfraces de terciopelo carmesí. Por eso los fantasmas existen, porque no son animales y se alimentan de la tierra, como las uñas. De la Tierra.
No podría, entonces, encontrar pedazo alguno de neblina porque las chimeneas necesitan al cielo sin sus nubes y esto sólo de ser una bocanada de humo, nada más que eso.

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