Un muerto en la quinta calle poniente de una ciudad sitiada por el terror; las máquinas no funcionan bien y todo es sumamente frío.
Soñé esa ciudad el mismo día que perdí mi hoja seca favorita. Perdí el cemento, el asfalto; sin embargo creo, según mis omóplatos, que volaba.
El muerto tenía muchos nombres y ni un solo apellido. Murió viendo el pasto, como que dejó de respirar voluntariamente; se había pasado de humano y ahora su voluntad era de plastilina. Vivía lleno de dudas sobre la existencia de las lombrices, pues nunca había visto una y creía que solo se trataba de una criatura imaginaria como las sirenas. Sentía, entonces, que si llegaba a ver alguna, significaría que lo fantástico, la magia, existían.
No tuvo hijos por no hacerle daño a su entorno, de ese modo -pensaba- las cosas continuarían sin cambiar demasiado, y de ese modo le sería más fácil encontrar una lombriz (si es que existían).
Sucedió, pues, que un día mientras observaba los edificios sobre el pasto, una "cosa" comenzó a brotar de un orificio en el suelo. Era, por supuesto, una lombriz, la cual sabía de antemano sobre las investigaciones de este humano. La cuestión estuvo cuando éste quiso parecerse a una de ellas. Creyó firmemente en la magia y no creyó que moriría en el intento ¿Por qué iba a imaginarlo, si sus investigaciones no mostraban lo contrario?
Murió, sí. Murió al pretender ser lombriz.
Y las lombrices lo envidiaron.
*CARTA ABIERTA *
*Por: Julián LeBarón*
Queridos Amigos y Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD):
En una crisis espiritual y de conciencia, he...

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